7.3 Dificultades para la misión de don García
(18.06.1618 – 06.07.1618)
Desde luego, aquel día que el Embajador llegó á Casbin corría voz de que el rey se partía dentro de tres ó cuatro dias á Soltania, dos jornadas adelante, camino de Tabris, porque allí se hacía la masa del ejército que de todas partes juntaba contra el campo de los turcos en defensa de Armenia y Media, dando esto gran cuydado al Embajador, sospechando mucho de lo que sucedió después, de irse arrebatadamente no solo antes de despacharle, pero aun de querer oírle. Y por esto, otro día por la mañana que el aposentador vino á visitarlo, como todo el tiempo que en Casbin estuvo lo hizo, le rogó y pidió muy encaresidamente le suplicase al rey de su parte le diese luego audiencia, pues había más de cuatro años que con tantos trabajos había peregrinado para darle la Embajada que le traía de parte del rey su señor. Y aunque el aposentador le aseguró entonces y siempre de que su rey le había de ver y dar todas las audiencias que quisiese, por ver que no le señalaba día cierto le creció más la sospecha que antes tenía.
Mayormente sabiéndose cada día que se trataba con el Chaus apretadamente de las paces, ó á lo menos treguas, con algún reconocimiento por lo cobrado nuevamente por el rey, el qual era cosa muy entendida desear sumamente la paz. Esto sentía mucho el Embaja[dor], siendo una de las cosas más esenciales de su enbaja[da] impedir que estas paces no se efectuasen, aunque estuviese desconfiado de no poder persuadir á ello al rey, estando como estaba muy sentido y quejoso de los principes cristianos, mayormente del Emperador, que en el mismo tiempo que el hacía guerra á los turcos cuando ganó y cobró de ellos las ya dichas provincias, hiciese paces con ellos, habiéndose continuado antes tantos años la guerra por Hungria. Y no solo era esto lo que tenía á este rey desconfiado, pero muy de veras indignado, haber visto por experiencia que con haber desde aquel tiempo hasta ahora continuado el turco la guerra por Armenia con la mayor parte de sus fuerzas, no hubiesen gozado de tan buena ocasión, ansí el Emperador como el rey de Polonia, siendo los principes confinantes al señorio del Turco, para siquiera haberle ganado lo que tiene ocupado de Hungria, pues los cosacos, con tan débiles y pocas fuerzas como las suyas, le habían hecho y hacen tanto daño en las costas del Mar Negro y en los navíos que por el navegan. Todas estas razones, que miradas bien eran ciertas y verdaderíis, tienen á este rey con animo muy diferente á nuestras cosas del que otras veces mostró, aunque á la verdad, sigun lo que después acá ha parescido, siempre lo tuvo atrocísimo al nombre cristiano, y si las demostraciones que hazia eran diferentes, hasta ignorantemente persuadirse los frayíes que había en la Persia que había de profesar y recibir nuestra sancta religión, fué porque creyéndose esto del el Sumo Pontifice y los demás principes cristianos moviesen con más calor la guerra por Europa al Turco.
Alargábase el tiempo y por mucha instancia que el Embajador hacía, importunando al aposentador mayor Usenbec para tener del rey audiencia, no podía obtenerla, entreteniéndole de un día en otro, hasta que al cabo le vino á decir que en despachando al Chaus le vería muy de espacio, y que en el ínterin se holgase y entretuviese saliéndose á los jardines y huertas que él quisiese de la ciudad, particularmente al Maydan, adonde cada tarde salía el rey y había ejercicios á caballo. Con esto acabó el Embajador de perder la esperanza de poder hacer efecto que bueno fuese, y respondió á Usenbec, que sola era la persona que el rey le había señalado para todo lo que se hubiese de tratar, que él no podía tener gusto de entretenimiento alguno no dándole lugar el rey para tratar con él lo tocante á su Embajada, que tantos millares de leguas de camino por mar y tierra le había costado.
Salía las mas de las tardes el rey al Maydan, á donde acudían á caballo los que en la ciudad había, ansí de los moradores de ella como de los criados y soldados del rey que con él allí se hallaban y los demás que de diversas partes acudían á la corte, y allí muchos de ellos, siendo la plaza muy grande y espaciosa, corrían y jugaban á la chueca, y las más veces el rey jugaba entre ellos, como tan usado y suelto en todos los ejercicios de á caballo.
Y habiendo visto Usenbec que el Embajador no quría salir de casa, le pidió un día, que parece fue enviado para ello, que mandase á todos sus criados que aquella tarde saliesen juntos al Maydan, porque el rey gustaría de verlos allí bien aderezados y galanes. Y porque luego echó el Embajador de ver que el fin para que esto se procuraba era porque el Chaus, que también acudía allí, viese la gente de Europa haciendo aparencia como los demás, les mandó que fuesen todos á caballo, aun los que no solían acompañarle ni salir en público, como se hallasen con salud para ello, habiendo enfermado muchos, y ansí fueron lo mejor que cada uno pudo. Lo que se entendió de ellos, después de haber vuelto ya muy noche, fue que los puso el aposentador mayor en muy buen lugar, y que allí, andando el rey paseando en la plaza les hizo favor de llegar á donde ellos estaban, hallándose muy cerca el Chaus del Turco, y habiéndoles hablado con mucha humanidad y llaneza hizo que trajesen allí vino, porque siempre cuando va á la plaza andan no lejos del muchos pajes con garrafas y tazas de oro para brindar y dar de beber á los que le parece, y ansí entonces, mandando que le echasen vino en una taza, les brindó á la salud de su Magestad, mandando luego que todos, sin quedar ninguno, bebiese, y ansí lo hicieron, volviendo muy contentos como si no hubiese más que aquello que exteriormente parecía.
El Embajador, no solo sentía no hacer á lo que era venido, pero de lo que tenía particular corrimiento y enojo era de ver ser ya muy público el detenerle el rey la audiencia á los ojos de aquel Chaus, pudiendo él pensar que lo quería lisonjear con aquesto, mayormente hallándose entonces en Casbin tanta gente de Europa. Porque demás de seis ó siete ingleses que habían venido de parte de los mercaderes de su nación que estaban en el puerto y ciudad de Zurrate, en la India, enviados á este rey, y muy favorecidos de él por lo que se dirá adelante, había también algunos venecianos y tudescos, sin otros italianos de diversas partes de Italia, no entrando en este numero los extranjeros que en su casa había.
Y porque se publicaba ya que quería despachar al Chaus y partirse él luego á Soltania, á donde el exercito se juntaba, se rresolvió á buscar al rey con ocasión de pedirle un mandamiento ó paravana, como en Persia lo llaman, para cobrar unos pliegos de cartas que escribía á Su Magestad Catholica, y quien los llevaba se había vuelto con ellos a Ormuz desde tres ó quatro jornadas de Bagadad. Había sentido esto mucho también el Embajador, corriendo muy vivas las diligencias que había para tomar sus cartas, de manera que entrambas cosas le movieron á buscar al rey una mañana muy temprano, veinte días después que llegó á Casbin, y no hallando al rey en la huerta que residía, fue hacia el Maydan, adonde con pocos de sus criados, y entre ellos Usenbec, supo de los porteros que había salido.
Y como se topase con el á la salida de un bazar que está junto al Maydan dio muestras el rey de holgarse mucho con él, y el Embajador se disculpó de su venida sin habersele dado orden para ello, por haberse repentinamente ofrecido la huída de aquel hombre con las cartas que enviaba al rey su señor, y que ansí le suplicaba le mandase despachar un paravana para que adonde quiera que le alcanzasen se las tomasen y las diesen á un criado que á este efecto enviaba. El rey dijo que no tuviese pena, que luego despacharía un soldado de su guarda, que era el más cierto paravana, y que ¿si gustaba de entretenerse un poco en un jardín que tenía en el Maydan?; el Embajador le respondió, viendo que se ofrecía la ocasión que deseaba, que haría lo que Su Alteza le ordenase.
Y ansi entraron en la plaza, y á la puerta de una casa que tenía razonable aparencia se apeó el rey, habiendo llevado al Enbaxador igualmente á su lado, y los criados que con el estaban y la familia del Enbaxador, atrás, sin llevar lacayo alguno, porque no los usan, haciendo quedar el Enbaxador los suyos. En lugar de lacayos suele traer el rey y los personajes de alguna dignidad, en la Persia, algunos hombres sueltos y grandes caminadores, á que llaman xateles, que es lo mesmo que correos, cuyo hábito es una aljuba corta, que no le pasa de la rodilla, de rasillo ó damasco de color, y en el turbante un gran penacho que le cae sobre las espaldas, y en la cinta algunas campanillas pequeñas y una hacheta ó maza de hierro.
(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo IV, pp. 94 – 98)
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